Salomé

Salomé era la mujer de Zebedeo quien era pescador y vivían en la costa del Lago de Genezaret, era también la madre de Juan y Santiago. El evangelio de Marcos (15, 40) nos da el nombre de Salomé como una de las mujeres que estuvieron presentes en la muerte de Jesús. Salomé podía considerarse como  bendecida mujer, puesto que era la madre de dos de los discípulos más queridos por Jesús.

Era de esperar que sus hijos Juan y Santiago seguirían moviéndose entre barcas y redes, continuando la ocupación de su padre. Pero, el curso de la familia fue cambiando súbitamente cuando Jesús los llamó a formar parte de su grupo. Su posición como apóstoles de un Rey con poder en el cielo y en la tierra cambió las ambiciones de Salomé para ellos, como veremos a continuación.

 Hay multitud de leyendas con respecto al origen de Salomé que tienen el sentido de establecer el hecho que Santiago y Juan probablemente habrían ya oído hablar de Jesús, cuando éste los llamó. Más probable es que la familia había oído hablar de Jesús a través de Juan el Bautista, cuando este predicaba junto al Jordán. Esto significa que la familia ya estaba preparada para recibir el mensaje, pues no se nos dice que Zebedeo hiciera el menor esfuerzo para retenerlos.

El pecado de Salomé que, si bien reconoció que Jesús era el Mesías, no podía separar al Mesías de la gloria temporal de Israel y quiso asegurarse de que sus hijos, cuando Jesús viniera en su Reino, tuvieran un lugar de honor en él. En Mateo (20, 20) leemos lo siguiente:  “Entonces la madre de Santiago y Juan se acercó con sus hijos a Jesús y se arrodilló para pedirle un favor. Jesús le dijo: ¿Qué quieres? Y ella respondió: Aquí tienes a mis dos hijos. Asegúrame que, cuando estés en tu reino, se sentarán uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesús dijo a los hermanos:  No saben lo que piden. ¿Pueden ustedes beber la copa que yo tengo que beber?

Ellos respondieron: Podemos.”  Salomé no se dio cuenta que los hijos de Abraham lo eran por la fe, y que, según las enseñanzas del mismo Jesús, los primeros serían los últimos y los últimos los primeros. Estas razones, comprensibles al considerar el orgullo natural de madre, la inducen a esta petición pecaminosa. No procedía de la fe, sino de lo opuesto a la fe.

¿Cuál fue la respuesta de Jesús?  Dirigiéndose a sus hijos, que estaban con ella, les pregunta si podían beber de la copa que estaba preparada para él. Los hijos respondieron que podían. Jesús les confirmó el hecho que realmente lo harían: profetizando con ello el martirio, pues los dos iban a morir más adelante en distintas circunstancias por causa de su fe. ¡Esta fue la corona de Salomé! ¡Una corona de eterno peso de gloria!

La vida de Salomé, pues, dio mucho fruto. Sus dos hijos retuvieron su posición clave entre los apóstoles. Pero esta historia nos enseña que debemos ser humildes cuando dirigimos nuestra oración al Señor, y que cuando pedimos un privilegio este generalmente vendrá acompañado de un sacrificio por eso no debemos orar o pedir a la ligera, tengamos mucho cuidado con lo que pedimos al Señor y sobre todo seamos siempre humildes en nuestra oración.

El presente escrito fue tomado de la reflexión personal del equipo de presentadores del programa sabatino de radio Palabra y Vida coordinado por Jorge A. Cervantes Alday, y es transmitido en Radio Guadalupana (1240 AM) en Ciudad Juárez, México.

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