Vivir como santos

 

Vivir como santos

 

Queridos hermanos:

Siempre es buen tiempo para hacer propósitos. Que mejor propósito que hacer todo lo posible por vivir como santo; al fin que ya lo eres. Sí, leíste bien; tu que estás leyendo esto, eres santo.

“¡No’mbre! ¡Tu boca sea de profeta! - me dirás - claro que por supuesto que no soy santo; para allá voy, pero no, definitivamente todavía no.”

Pues déjame insistirte en que esto que escuchas es cierto. Y hay varios indicios que nos lo hacen ver. Para ello, de entrada vamos contestando dos preguntillas:

¿Lo que es de Dios, es santo?, ¿Crees que eres parte de la Iglesia?

“Las cosas de Dios son sagradas” decía mi abuela. Y no le faltaba razón; así tenemos en nuestra Iglesia, la Sagrada Escritura, los vasos sagrados (refiriéndonos al copón y el cáliz), también está Tierra Santa, la “santa gloria de Dios” a donde van a parar los difuntos, el santo rosario y los santos mártires, por citar algunos. Y todo es de Dios. Ahora bien, si por el bautismo, nos convertimos en propiedad de Dios (puesto que nos hacemos sus hijos), ¿puede este sacramento hacernos algo menos que santos? (recordemos que nos convertimos también en templos del Espíritu Santo). No importa que algunos de sus hijos reneguemos de Él o simplemente hagamos lo que aquel hijo que pidió su parte de la herencia y demos la espalda a nuestro padre; no por eso dejaremos de ser sus hijos y no por eso dejaremos de ser santos. Santo no es sinónimo de bien portado, santo es lo que le pertenece a Dios.

Por otro lado, si te consideras parte de nuestra Iglesia, es porque eres consciente de que cada domingo dices que crees en la Iglesia, “que es una, santa católica y apostólica”. La Iglesia es de Dios, por eso es santa y si tú no solamente dices que crees eso, sino que verdaderamente eres consciente de ello, no puedes decir que no eres santo y seguir siendo parte de la Iglesia. Y digo esto, no para que te sientas excluido y digas “como no soy santo, no soy parte de la Iglesia” sino al contrario: “porque soy parte de la Iglesia, entonces soy santo”.

Habiendo hecho estas aclaraciones, escuchemos a San Juan en su primera carta:

 

(1 Jn 2, 29 – 3, 7.10) Si saben que él es santo, reconozcan que todo el que obra la santidad ha nacido de él. 1 Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! Por eso el mundo no nos conoce porque no le reconoció a él.

2 Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado todavía lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es.

3 Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica, porque él es puro. 4 Todo el que comete pecado comete también la iniquidad, pues el pecado es la iniquidad. 5 Y saben que él se manifestó para borrar los pecados pues en él no hay pecado. 6 Todo el que permanece en él, no peca. Todo el que peca, no le ha visto ni conocido. 7 Hijos míos, que nadie los engañe. El que obra la santidad es santo, porque él es santo.

10 En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no obra la santidad no es de Dios, y quien no ama a su hermano, tampoco.

 

Así pues, la santidad que tenemos no la tenemos porque la merezcamos, la misericordia de Dios nos da tal condición; una condición que no podemos perder tan fácilmente. Tampoco se trata de presumir santidad, ni de sentir que ya la hicimos. Mucho menos tiene que ver con que seamos perfectos, pues no lo somos, pero, sí con que, si tienes esta esperanza de llegar a la vida eterna, estás consciente de tu condición y de que esta misma esperanza te hace seguir el camino por el cual alcanzarás la meta.

Nos dice San Juan que hay que “obrar la santidad” lo cual, dicho en otras palabras, es portarse como santo. “Ahí está el detalle”, diría Cantinflas. Nuestro problema es que no nos portamos como lo que somos, no nos compartamos como santos.

Es algo así como decía aquella maestra al inicio de curso: “En este momento todos tienen 10. Lo que hagan de aquí en adelante les ayudará a mantener ese 10 o les irá restando puntos”.

Al Cielo solo entran los santos y nuestro Dios nos ha dicho: “Todos son santos, todos pueden entrar al Cielo (eso lo dijo el día de nuestro bautismo); lo que hagan de aquí en adelante, les ayudará a mantener esa santidad o les irá restando puntos”.

Por eso son importantes las obras, las acciones, las actitudes.

Si demuestras amor a tu hermano, esto es, lo procuras, lo saludas, le ayudas, le escuchas, lo visitas, lo atiendes, oras por él y con él, le perdonas, le defiendes, le enseñas, estas son acciones que te ayudan a mantener tu santidad.

Si por el contrario, hablas mal de él, te burlas, lo ofendes, eres cruel, irónico o sarcástico hacia él, le abandonas, abusas de él, le juzgas, le condenas, le engañas, murmuras, le asesinas, esas son acciones que te van restando puntos.

Si eres activo, optimista, creativo, servicial, generoso, puntual, respetuoso, honesto, humilde, disciplinado, trabajador, mesurado, esas actitudes te ayudan a mantener la santidad.

Pero si te dejas llevar por la pereza, la gula, la lujuria; si eres indiferente, insensible, quejumbroso, pesimista, irónico, avaro, envidioso, egoísta, apático, conformista; si crees que todas las desgracias te suceden a ti; si no tratas a los demás como personas, estas actitudes te van restando puntos.

La buena noticia es que a diferencia de la maestra de la que hablaba, nuestro Señor no reprueba con 7, ni con 6, ni con 5. Solo dejamos de ser santos con cero: Cero interés por las cosas de Dios, cero esperanza en presente y en el futuro, cero ganas de llegar al Cielo, cero remordimientos por las cosas que no has hecho bien o por aquellas que has dejado de hacer, cero reconocimiento y aceptación de que Jesús es nuestro Salvador, el Hijo de Dios encarnado y el ejemplo de santidad que puedes seguir, pero sobre todo, cero en arrepentimiento y cero en reconocer que eres hijo de Dios y que Dios te ama.

Pues con tantos ceros, como también decía mi abuelita: “A fuerza ni los zapatos entran”.

¿Ves como no es tan fácil dejar de ser santos? Ciertamente hay personas que están más cerca de la santidad que otras: no porque sean superiores, ni porque sean especiales, sino porque los más santos han decidido hacer más cosas buenas y tener más actitudes buenas que otros, por eso tienen más puntos.

Así que decidámonos a ser más santos en este año; y acumular puntos. Hagamos una lista de actividades y actitudes que nos ayuden a mantener la santidad, (el Señor también nos da de vez en cuando puntos extras).