La fe y las obras

 

Queridos hermanos:

A muchos nos gusta escuchar reflexiones bíblicas o por lo menos, la lectura pausada de los evangelios pues en ellla, ayudados por películas pinturas y fotografías, echamos a volar la imaginación y escapamos un poco de nuestra realidad para vivir ese mundo prometido por Dios desde los albores de la creación en donde no habrá más pena ni llanto, dolor ni sufrimiento.

Pero como pasa con todo, esperamos que suceda pero poco hacemos para que se haga realidad; nos encerramos en las generalidades como “amar al prójimo como a uno mismo”, “ser misericordiosos”, “poner la otra mejilla” y otras frases que muchas veces dejamos en calidad de títulos de página, en donde quedan solo asi, en calidad de títulos, pero con el resto de la página en blanco porque nunca escribimos una acción concreta que haga vida ese título que nos gusta tanto y que estamos convencidos que es un mensaje divino.

Quizá Santiago nos ayude a esclarecer un poco este asunto. Escuchemos:

(Stg 2, 14-22.24) Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? 15 Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, 16 y uno de ustedes les dice: «Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse», pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? 17 Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta. 18 Sin embargo, alguien dirá: «Tú tienes fe, y yo tengo obras.» Pues bien, muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré la fe por mis obras.

19 ¿Tú crees que hay un solo Dios? ¡Magnífico! También los demonios lo creen, y tiemblan. 20 ¡Qué tonto eres! ¿Quieres convencerte de que la fe sin obras es estéril? 21 ¿No fue declarado justo nuestro padre Abraham por lo que hizo cuando ofreció sobre el altar a su hijo Isaac? 22 Ya lo ves: Su fe y sus obras actuaban conjuntamente, y su fe llegó a la perfección por las obras que hizo.

24 Como pueden ver, a una persona se le declara justa por las obras, y no sólo por la fe.

¡Caramba! Hay poco que decir al respecto. ¿Cuantas veces le hemos dicho a alguien: “Dios te ayude” y dejado en manos de Dios el 100% de la ayuda sin nosotros mover un dedo?

Ciertamente con el actuar se demuestra la real intención del decir. General-mente el que hace mucho, habla poco, y el que habla mucho, hace poco. Por eso aquel refrán popular: “Obras son amores, y no buenas razones”.  Y las “razones”, o sea, las frases, pueden ser dulces y prometedoras, pero si no van acompañadas de alguna acción, el efecto dura poco.

En el mundo del trabajo, se tienen en buena estima las personas serviciales, recogen el afecto y simpatía de los compañeros de trabajo y quizá, en algunos casos también, el de uno que otro de aquellos que sienten que merecen todo y se pasan de abusones. Más, son tan escasos…Y en la Iglesia no nos escapamos de esta naturaleza humana, y la realidad se nos queda ahí, con los escasos seres vivos auténticamente serviciales que hacen de la vida una joya, un momento agradable, sin hablar de ello.  

Santiago lo explica maravillosamente. Creer en Dios no te asegura el paraíso; ahí tenemos a Satanás, quien también como tu y como yo cree en Dios. La fe no solo se trata de creer, sino de vivir de acuerdo a lo que se cree. Lo creo y lo vivo. Creo en Dios y vivo de acuerdo a como Dios me indica. Eso es fe.

Si nos preguntan, diremos que si hacemos buenas obras, algunas veces; pero Jesús, siempre nos eleva la expectativa una vez que logramos vencer un reto. Generalmente las buenas obras llevan en nuestro pensamiento a alguien a quien conocemos y con quien tenemos algún tipo de relación. Entre más fuerte la relación, se incrementarán las buenas obras y del mismo modo, entre más lejana es una persona las obras tenderán a disminuir. Es un buen principio, sin embargo, una vez alcanzado este reto, puedes dar un siguiente paso: Primero aquello que haces, hazlo con una sonrisa franca, como cuando das un regalo a alguien a quien amas mucho. Y segundo, afina tu servicialidad.

¿Ejemplos?: Cuando llegues a un salón de clases o una plática o conferencia, identifica los mejores lugares, los más comodos, los más amplios y déjalos libres para otras personas; cuando llegues a un estacionamiento, cédele el lugar con sombra a otra persona y estaciónate en el sol (sobre todo si es verano); no importa que nadie esté esperando por este lugar, déjalo vacío, alguien llegará y lo aprovechará. Y deja también los lugares cercanos a la tienda, o cine, o lo que sea y estaciónate lo más lejos posible; si alguien tiene que caminar, que seas tu y no otro.

Cuando te apuntes a alguna actividad eclesial, y te apuntes para el servicio, calcula tu tiempo de servicio considerando quedarte hasta el final, hasta que quede todo alzado, recogido y limpio; es común que se logre reunir una cantidad considerable de personas para atender un convivio parroquial, y que una vez terminada la comida o cena, la gente se va retirando quedándose al final 2 o 3 personas para las tareas más pesadas. Apúntate para las tareas mas humildes, molestas o cansadas.  

Cuando llegues a misa, no te vayas directamente a los lugares en donde “pega” el aire; escoge aquellos en donde se siente más el calor. Que otro se siente y disfrute el aire durante la celebración. Estos detalles a veces se nos escapan porque no estamos acostumbados a entender lecturas como la de Santiago, y aplicarlas a personas que no conozco. No olvidemos que Jesús nos señala: “Si das a los que te dan, ¿Qué mérito tiene eso? ¿no hacen lo mismo los paganos?”

Reflexiona y empieza llenar tu página con obras que demuestren tu fe. ¡Ah! Y para asegurar que sean muuuy buenas obras, “que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha”. No hables de ello, ni te gloríes, pues la gloria, la gloria es para Dios.