Las falsas seguridades

 

Las falsas seguridades

Queridos hermanos:

A veces, las personas nos dejamos llevar por nuestra inmediata realidad y nos da por creer que podemos comernos el mundo a mordidas. Pasada la adolescencia esto es mucho más manifiesto cuando uno acaba de descubrir el mundo y poco a poco, a fuerza de tablazos y coscorrones, raspones y cortadas, nos vamos dando cuenta de que no es así, de que no lo podemos todo y que la gran mayoría de las cosas que nos suceden no dependen de nosotros, sino del medio social en el que nos ha tocado vivir.

Muchas culturas han dado cuenta de ello, y la cultura judía no en menor grado sino exactamente al revés, diría yo, porque no solo es una conclusión humana, sino una revelación divina.

Escuchemos esta reflexión del libro del Sirácide (eclesiástico):

 

(Sir 5, 1-10) No confíes en tus riquezas, ni digas. «Me basto a mí mismo». 2 No sigas tu instinto ni tu propia fuerza, para andar según las pasiones de tu corazón. 3 Y no digas. «¿Quién me dominará?», porque es seguro que el Señor hará justicia.

4 No digas. «He pecado, y ¿qué me ha sucedido? ¡El Señor es paciente!». 5 No estés tan seguro del perdón de modo que añadas pecado tras pecado. 6 No digas. «Su misericordia es grande; perdonará la multitud de mis pecados». 7 Porque suyas son la misericordia y la ira, y su furor recae sobre los pecadores. 8 No demores en convertirte al Señor, no lo dejes pasar de día en día, 9 pues la ira del Señor sobreviene de improviso, y en el tiempo del castigo puedes perecer.

10 No confíes en riquezas injustas, porque de nada te servirán en el día de la desgracia.

 

Que gran sabiduría para nuestro tiempo encierra el primer versículo: “me basto a mí mismo”. Una frase como esta justifica la apatía, la indiferencia, la falta de solidaridad y trae como consecuencia el desequilibrio que da origen a los diferentes grupos sociales, conocidos a través de la historia como castas, clases o estratificación social. Y para escalar esta estratificación, lo hacemos atendiendo solo nuestros propios intereses, pensando, ingenuamente, que podemos hacerlo atenidos a nuestras solas fuerzas. Hay personajes de la historia que nos dan ejemplo de ello, pero por cada uno de ellos, hay muchos más que se quedaron en el camino, y no alcanzaron la meta ya porque no les alcanzaron las fuerzas, ya porque fueron dejados en el camino por alguien que llegó más alto. Porque a final de cuentas, para llegar a la cima, hay que hacer caer a muchos que van escalando a nuestro lado o en nuestra misma dirección.

Nuestro Dios, a través del autor de este libro maravilloso nos hace hincapié en que no es el camino adecuado a seguir. Y continúa diciendo que tampoco conviene seguir (aunque podamos, esto es, tengamos la fuerza para hacerlo) nuestros impulsos para vivir de acuerdo a nuestras pasiones.

Conviene en este momento aprender un poco sobre lo que es una pasión.

El diccionario la define como la acción de padecer, y la pasión por antonomasia es la pasión de nuestro Señor Jesucristo, sin embargo, también la encontramos como una perturbación o afecto desordenado del ánimo por la inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona o por un apetito de algo o afición vehemente a ello. Viéndolo bien, el no poder satisfacer ese apetito vehemente de algo, nos hace sufrir al final de cuentas. ¡Y con ánimo de dejar de sufrir hacemos cada cosa!… igual nos puede llevar a una entrega desmedida al trabajo, al logro, al arte, que también a satisfacer lo más recónditos y oscuros deseaos de la concupiscencia. No estamos hablando de pasiones buenas o malas, el Sirácide solo nos dice que no ordenemos nuestra vida y utilicemos nuestra fuerza y posibilidades en que lo más importante sea nuestra pasión. Hay algo que nos debe hace pensar más en esto: Entre más apasionada es una persona a algo, va descuidando otros aspectos de su vida y lo más importante, a otras personas con las que comparte su vida. Su familia, sus amigos, sus compañeros…

Somos tan soberbios, que, porque hacemos lo que no debemos, cuando cometemos un pecado y no cae lluvia del cielo o un rayo que nos parta en dos, decimos: ¿Qué?, Acabo de pecar y no pasa nada. Bueno, pues aparte de soberbios necios. Hay un refrán popular que citaba mucho mi abuela y que reza así: “En el pecado llevas la penitencia”.

Me explico: “Me fumé un cigarro, ¿y qué? No me dio cáncer” “Es más, me lo fumé de marihuana, ¿y qué? No me pasó nada”. Me tomo una caguama, o dos litros de soda diario, o botanas enchiladas, ¿y qué? ¡No me duele el estómago!

No compa, la cirrosis, la colitis, la gastritis, el enfisema, no llegan en el día que te fumaste, bebiste o comiste lo que no debes, sino después, “en el día de la desgracia” dice la cita que acabamos de leer.

Por otro lado, es algo común tentar a Dios, pensando como Él es perfecto y yo no, como él es todo misericordia, pues al final perdonará mis pecados, sean los que sean, la cantidad que sea y de la gravedad que sean. ¿Pues si?, Pues no. Y no porque no pueda, ¿eh? Y hemos dicho que, aunque Dios es todo poderoso y todo misericordia, no puede perdonar los pecados de los que no haga un verdadero arrepentimiento y de los que busque dejar de cometer. Siendo así las cosas, mis pecados no serán perdonados no porque Dios no quiera, sino porque sigo regodeándome en ellos.

A esto nos invita el Señor hoy. A la conversión. Hoy, No dejándolo para mañana, un mañana que quizá no lleguemos a ver. Y ojo con el versículo 9: pues la ira del Señor sobreviene de improviso, y en el tiempo del castigo puedes perecer.

No estamos hablando del Dios castigador. Jesús nos ha mostrado que en el fondo de todo está el amor. Cuando éramos niños, la mamá o el papá nos castigaba. Solo con el tiempo aprendimos, que esos castigos fueron para entender que los actos humanos tienen consecuencias; en la niñez provocadas por los padres, en la vida adulta, en la vida diaria, provocadas por otras personas, pero la mayor parte de tiempo como consecuencia de nuestros propios actos como lo veíamos hace un momento con el fumar, comer o beber.

Finalmente, ojo con las riquezas injustas, porque no habrá a quien sobornar, y no habrá tiempo para disfrutarlas. Y recordemos que al hablar de riquezas no necesariamente hablamos de dinero.

 ¿Qué esperas? Vamos a trabajar por la conversión de cada quien. Y como estamos hablando del amor, tu conversión necesariamente te llevará a la conversión de los demás. El día de hoy dimos pequeños pasos, pero seguros. ¡Ánimo!