Entendamonos

 

Entendámonos

Cuando uno anda con las orejas puestas todo el día (como decía un querido compañero de trabajo, y digo “decía” porque ya no trabajamos ahí, no por otra cosa) oye uno muchas cosas.

Y algo que se escucha entre la gente que estudiamos nuestra “cristianidad” ya sea en un curso de Biblia, Liturgia, Teología, Catequesis, Misiones, Pastoral Social o cualquier otro, es algo como esto: “¿Cómo puedo transmitir lo que he aprendido, lo que he descubierto? A mi esposo, hermana, hijo, tía, etc., no logro hacerle ver de lo que se pierde, no logro su conversión. Y pa’cabarla, terminamos de pleito”.

Quizá nos ayude a reflexionar sobre el tema, esta cita del libro del Sirácide, también llamado o conocido como Eclesiástico. Escuchemos:

 

(Sir 13, 16-18) 16 Todo viviente se une con su especie, y el hombre se junta a su semejante. 17 ¿Cómo pueden entenderse el lobo y el cordero? Lo mismo pasa con el justo y el pecador. 18 ¿Puede haber amistad entre la hiena y el perro? ¿Puede haberla entre el rico y el pobre?

 

La misma Escritura nos detalla la dificultad de las relaciones entre los que buscamos el Reino de Dios, a través de profundizar en el conocimiento para poder profundizar en la vivencia de Dios, en la experiencia de Dios, y los que no lo conocen, lo ignoran porque les estorba o quizá hasta le odian o lo persiguen.

El libro del Sirácide nos habla de que no puede haber amistad entre el rico y el pobre. Pero no nos vayamos con la finta de que se trata de una lección de sociología o que estamos hablando de clases de economía. Recordemos que la Sagrada Escritura es Cristo céntrica, esto es, que todo su contenido hay que leerlo a la luz de Cristo. Y nuestro Señor nos ha dejado muy claro, que cuando habla de pobres y ricos, no se refiere necesariamente a cuestiones de dineros.

Zaqueo era rico, y después de su conversión, repartió dinero, sí, pero no se quedó en la calle. Siguió teniendo dinero, pero su actitud ante los pobres, ante los defraudados, fue la que cambió; y eso le valió para su salvación. El rico Epulón no fue condenado por ser rico, sino por estar tan apegado a sus riquezas que nunca consideró a Lázaro para nada, aun cuando éste estaba a la puerta de su casa.

No. No se trata de dinero. Se trata de lo apegado que estés a lo que tienes, mucho o poco. Y no necesariamente estamos hablando solamente de bienes materiales.

Estamos hablando de apego al pecado.

Si eres flojo, buscarás juntarte con otros flojos para poder flojear a gusto. Un diligente te haría sentir mal. Si eres hiriente en tu trato a los demás, buscarás otros semejantes. Una persona condescendiente no te seguirá el juego o corres el riesgo de lastimarle. Si eres lujurioso, no buscarás la compañía de un casto.

Así, si estás buscando el Reino de Dios aquí en la tierra, buscarás actividades, lecturas, experiencias de vida que te lleven por ese camino.

Claro que el que descubre un tesoro, va, vende todo lo que tiene y compra el terreno donde está ese tesoro.

Y ya que es suyo, quiere darlo a conocer, compartirlo, como aquel pastor que habiendo encontrado a la oveja perdida reúne a sus amigos y los invita a alegrarse con él.

Hay momentos en que nos sentimos tan poseídos por Dios, que nos queremos convertir en 10 Pablos y Bernabés y queremos salir a convertir paganos. Y creemos que todo será miel sobre hojuelas, porque el Señor está con nosotros. Más ¡Oh desilusión!

El mismísimo Pablo salió derrotado más de una vez, según nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles. ¡El mismo maestro, nuestro Jesús, fue ajusticiado! No seamos tan soberbios para creer que con una plática de dos horas iremos convirtiendo, pagano tras pagano, incrédulo tras incrédulo, renegado tras renegado.

Tenemos que fijarnos en nuestras actitudes. Y revisar también las actitudes de Jesús.

El que no es consciente de su cristianismo o simplemente no es cristiano, es posible que te discuta, que quiera que le “demuestres” tu fe. Cualquier argumentación en este sentido es vana.

Jesús se acercó a todos los que pudo, pero no todos lo aceptaron: El ladrón que lo insultaba en la cruz, el joven rico, Anás y Caifás, los gerasenos (que lo echaron de sus tierras), su misma familia (que lo tachaba de trastornado), los mercaderes del templo y a decir de Marcos (6:5) Y no podía hacer allí ningún milagro, refiriéndose a Nazaret, su propia tierra. 

Sin embargo, el Maestro nos enseña que sea que lo acepten o lo rechacen, en ningún caso hay registro de largas discusiones o disertaciones.

Era su vida, su forma de mirar, de hablar, de contestar; ayudando a los demás a descubrir por sí mismos el tesoro invaluable de su mensaje y de la salvación. Sin tratar de convencer con palabras, sino con hechos.   

Difícilmente vamos a poder contar con argumentos convincentes. Necesitaríamos vivir como vive un apegado al pecado, para entender porque vive como vive y que ventajas le representa ese apego. Para entender a alguien así, necesitarías vivir como si Dios no existiera, obteniendo otros valores, valores del mundo. Y eso es riesgoso. En ese camino se han perdido muchos.

¿Entonces hay que quedarse callados? ¡De ningún modo! Hay que hablar de lo que creemos y de lo que hemos descubierto, pero sin tratar de convencer, de imponer. Sí invitar, sí sugerir, sí explicar, en todas las oportunidades posibles, pero sabiendo, que con quien rechaza la fe, la salvación, no podemos entablar amistad.

Cuando en ello va de por medio la familia, la situación se vuelve mucho más difícil; pero solamente podemos hacer lo que está a nuestro alcance y dejar el resto en las manos de Dios; confiar en Él. Pedirle a él que nuestros más amados recapaciten y encuentren el camino de la verdad. No importa que no sea a través nuestro. El Señor sabe siempre escoger mil y un caminos diferentes.

Nos resulta doloroso que por más esfuerzos que hacemos de convencer, las personas que nos escuchan nos ignoran, asienten con sonrisas condescendientes para no herirnos, algunos otros nos desprecian, nos hacen burla, a veces, hasta nos humillan o incluso tratan de chantajearnos.

Entendamos bien este consejo: Entre quien desprecia al pecado y busca la salvación y el que está apegado a sus fallas y defectos, no puede haber entendimiento, no puede haber amistad. En cuestión familiar los padres damos a los hijos lo que consideramos que es lo mejor, pero los hijos, a final de cuentas tomamos las decisiones que van a gobernar nuestra vida. Y no necesariamente lo que decidimos hacer de nuestra vida coincide o sigue el camino marcado por nuestros padres. 

A esto se refiere Jesús cuando nos dice: (Mt 10, 35) “He venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra”.

El amor a nuestros seres queridos, nunca se termina, nunca dejaremos de amarlos, pero pueda ser posible que no nos podamos entender. Que nuestras vidas tomen sendas distintas y quizá opuestas.

Lo que nos queda es orar por ellos y demostrar, con nuestra vida, nuestra fe. El resto, creo haberlo mencionado ya: Queda en las manos de Dios.

 

La paz de Dios sea contigo

 

Jorge Cervantes