El amor y la iglesia

 

El amor y la Iglesia

 

Queridos hermanos:

Con relativa frecuencia me encuentro con personas que dicen no estar de acuerdo con la Iglesia, pero que conocen, aman y respetan a Jesús.

Esto, como nos lo enseñan nuestros obispos, no es posible. Concretamente lo indica Pablo VI en su exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi: “En verdad, es conveniente recordar esto en un momento como el actual, en que no sin dolor podemos encontrar personas, que queremos juzgar bien intencionadas pero que en realidad están desorientadas en su espíritu, las cuales van repitiendo que su aspiración es amar a Cristo pero sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia. Lo absurdo de esta dicotomía se muestra con toda claridad en estas palabras del Evangelio: "el que a vosotros desecha, a mí me desecha" (44). ¿Cómo va a ser posible amar a Cristo sin amar a la Iglesia, siendo así que el más hermoso testimonio dado en favor de Cristo es el de San Pablo: "amó a la Iglesia y se entregó por ella"?[1]

Sin embargo, entiendo el malestar de las personas por “cumplir” los requisitos que la Iglesia ha ido estructurando a través de su historia.

Esto ha sido una espada de doble filo, porque dichas normas o requisitos, como lo entienden muchas personas, son necesarios, como en toda organización humana, pero nos pueden llevar al “normismo” que bien podemos recordar y reconocer en los fariseos del tiempo de Jesús.

Recordemos también que nuestra fe está fundamentada en tres grandes pilares: La Sagrada Escritura o Biblia, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. La Tradición es origen de buena parte de las otras dos, ya que para que la Biblia se pudiera escribir, primero se realizaron acciones, sucesos, hechos, que se fueron transmitiendo de persona a persona mucho antes de que quedaran consignadas por escrito.  Luego pues, vino la Escritura y posteriormente el Magisterio, que se ha encargado de orientar a los fieles cuidando, como fiel depositaria de nuestra fe, que no nos descarriemos o agarremos p’al monte.

Más no debemos de olvidar cual es el origen de todo esto: el amor. Si, el amor de Dios por sus creaturas. Escuchemos un fragmento del salmo 103:

 

(Sal 103,13-18): 13 Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura por quienes lo respetan. 14 Él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos polvo. 15 Los días del hombre son como la hierba: florecen como la flor del campo, 16 pero apenas la roza el viento, deja de existir y nadie la vuelve a ver en su sitio.

17 En cambio el amor del Señor por quienes lo respetan dura eternamente y su salvación alcanza a hijos y nietos, 18 a todos los que guardan su alianza y se acuerdan de cumplir sus mandamientos.

 

El Señor nos ama entrañablemente; me encanta esta palabra, que aparece también en el cántico de Zacarías: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios…[2]”, porque describe muy gráficamente un amor que viene de adentro, desde lo profundo del ser. Ese amor desde las entrañas nos ayuda a entender la ternura que siente un padre o una madre por sus hijos. Sin embargo, aunque podemos sentir este amor, el Señor sabe que no somos capaces de amar como nos ama Él; que somos como hierba del campo que un día está y al otro ya no y ni quien se acuerde.  Si, si, se acordarán de ti tus hijos, muchos de tus nietos, alguno que otro bisnieto si llegaron a conocerte, y algún perdido tataranieto al que le platicaron mucho de ti, y de ahí en adelante, nanay. Pero el Señor no te olvida; no porque sea Dios, o porque tenga una memoria formidable, sino porque te tiene cerca, te está mirando, te está amando.

El amor de Dios, la salvación de Dios alcanza para todos los que cumplan sus mandamientos. Y aquí es donde a veces parece que la puerca tuerce el rabo.

Me dijo una vez una muchacha: “Dios no puede ser tan exclusivo que diga que los que cumplen los 2 mandamientos que nos dejó Jesús se salvan y los demás hacen mutis por la izquierda para vacaciones eternas en el infierno.” 

Ciertamente el Señor no es exclusivista. Trataré de explicarlo: No se va a la Iglesia para llegar a Jesus, el asunto es al revés: Se tiene la experiencia de Jesús, se tiene el encuentro con Él y por consecuencia, se “conecta” por así decirlo a la Iglesia.

Cuando uno tiene ese encuentro con Cristo, lo conoce, lo descubre, uno quiere seguir sus pasos, ser parte de esa buena nueva, de esa liberación de los oprimidos, de ese consuelo para los afligidos, de esa vista de los ciegos, de ese amor grande y entrañable. Y es ahí donde descubro y entiendo que este amor no es individual, sino colectivo y que no se puede dejar a los demás a un lado.

El Magisterio nos orienta, nos explica, nos ayuda a entender y conocer a Dios; el magisterio está al servicio del mensaje original. No es que tenga que tomar pláticas para poder bautizar, es que debo amar tanto como para conocer y estar consciente de lo que el bautismo significa. En la Iglesia no debería haber pláticas obligatorias, los templos deberían de estar abarrotados de personas que quieren conocer a Jesús y recibirlo a través de los sacramentos y estar en contacto con Él a través de la Liturgia.

No es que Dios necesite que lo conozcamos para amarnos, somos nosotros los que necesitamos conocerlo para poder amarlo. La Iglesia no es un requisito para llegar a Dios. Por ello hay una enorme cantidad de almas en el cielo que no oyeron hablar de Jesús, ni de Iglesia, ni de Dios.

Se puede cumplir lo que Dios nos pide aún fuera de la Iglesia: amar. Por eso podemos estar seguros de que en el Cielo hay judíos, musulmanes, budistas, cristianos de todas las denominaciones o personas sin religión; para entrar por las puertas del Cielo, amaron, cumplieron su misión, en su momento, con sus capacidades, con sus posibilidades; y todos guardaron la alianza y cumplieron los mandamientos.

“Ah” – me dirás – “entonces no necesito ir a la Iglesia”.

Para llegar a Dios no; pero para frecuentarlo, conocerlo, amarlo y guardar la alianza, sí. No es una necesidad como requisito, sino como la necesidad de beber agua. Si no lo haces te mueres. La Iglesia es el lugar en donde puedes plasmar el amor de Dios, donde puedes practicar la misericordia, donde puedes aprender, donde puedes experimentar. Es el camino que Él nos dejó. No el único, pero si el mejor. Y si naciste dentro de ella, ¿Qué andas buscando fuera?

Por tanto, es bueno preguntarnos:

¿Necesito ir a la Iglesia?

 

 

La paz de Dios sea con ustedes

 

Jorge Cervantes