Consejos y mas consejos

 

Consejos y más consejos

 

Queridos hermanos:

El Señor no se cansa de dar consejos. Y los da a todos a través de su Palabra. Solo que hay algunas personas que no tienen acceso a la Biblia, ya sea porque nunca han podido adquirirla, nunca se lo han propuesto, o simplemente no les ha interesado; y hay quienes la desprecian sin ver que su contenido es útil para la vida cotidiana y nos ayuda no solo a llegar al Cielo cuando dejemos esta tierra, sino a tener una vida de mejor calidad, tranquila, sosegada y con alegría.

Veamos un ejemplo en la carta a los hebreos. Escuchemos:

 

(Heb 13, 1-6) Perseveren en el amor fraterno. 2 No olviden la hospitalidad, pues gracias a ella algunos hospedaron, sin saberlo, a ángeles. 3 Preocúpense de los presos, como si ustedes estuvieran prisioneros con ellos; preocúpense de los que sufren, porque ustedes también tienen un cuerpo. 4 Valoren mucho el matrimonio, y que su vida conyugal sea limpia, porque Dios juzgará a los libertinos y a los adúlteros.

5 No se apeguen al dinero; conténtense con lo que tienen, porque Dios mismo ha dicho: No te desampararé ni te abandonaré, 6 de suerte que podemos decir con toda confianza: El Señor es mi ayuda, no tengo miedo; ¿qué podrá hacerme el hombre?

 

La primera invitación va totalmente en contra de la mercadotecnia actual: El día de la madre, del padre, del abuelo, del biólogo, del músico, del maestro, de la enfermera, del médico y muchos más que poco nos invitan a la perseverancia en el amor fraterno. Festejamos, nos esmeramos en hacer pasar un día especial a alguien, pero nos olvidamos de ellos el resto del año.

En seguida nos aconseja ser hospitalarios. Quizá hoy día sea una de las cosas más difíciles de hacer, porque invitar a alguien a nuestra casa, o recibirlo si se ofrece hacerlo, es abrirle las puertas de nuestra intimidad. Hoy en tiempos de desconfianza, de abusos, de robos y de violencia, no a cualquiera le abrimos la puerta, no con cualquiera somos hospitalarios.

Y hasta donde nos lleva el Señor, que dice que el que abre su casa al que lo necesite, puede incluso estar hospedando ángeles sin saberlo. Esto me recuerda la obra de “Los Miserables” de Víctor Hugo en el que el obispo cuando hospeda a Jean Valjean, y este le roba, al atraparlo la policía al día siguiente con lo robado, el obispo en lugar de fincarle cargos, no solo no lo hace, sino que todavía le lleva lo que se le paso robar. El efecto que esto tuvo en el ladrón, le hizo comprender el amor de Dios. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a hacer lo mismo?

Luego viene la preocupación por los presos y aquí recuerdo la intervención de su santidad Francisco en la cárcel de Ciudad Juárez, cuando nos proponía reflexionar en cómo es que llegamos a edificar las cárceles, y nos dejó una pregunta lacerante: ¿Por qué estoy yo afuera y ustedes adentro? Quizá por muchas cosas que he hecho (pero no me han “cachado”) merecería estar en la cárcel también. Y quizá por cosas que no he hecho o he dejado de hacer.

Al hablar de los que sufren, se refiere principalmente a los que tienen alguna dolencia física: ya sea que están enfermos, o que no tienen lo suficiente para comer, para vestirse, dónde vivir. El hecho de recordar que tenemos un cuerpo que puede sufrir también, nos debe llevar a pensar en aquellos que comen y se quedan con hambre, se visten, pero se quedan con frío, están enfermos y no les alcanza para medicinas o tratamientos médicos. Y a veces, nosotros tiramos comida o permitimos que se eche a perder; tiramos ropa porque “ya no me queda” o “ya no me gusta” o no la tiramos, pero tiene más de tres años que no la uso. Me puedo dar el lujo de darme un “masaje” con agua caliente en la regadora, sin pensar en aquellos que reciben el agua en tambos y a veces ni la reciben. Me ha tocado ver en baños públicos que mientras las personas se enjabonan, tienen el chorro del agua abierto, sin pensar en lo que este desperdicio representa. Cuidado, en nuestra próxima confesión no se nos olvide acusarnos del pecado de “es que no pensé”.

Bellamente el autor de esta carta nos invita a “VALORAR” el matrimonio y a mantenerlo limpio, a mantener la pureza de las relaciones conyugales, ya que los que no lo hagan serán juzgados por Dios.

Digo bellamente porque contrariamente a lo que alguien pudiera pensar, las relaciones conyugales, son dignas y puras, pues han sido dadas por Dios (“crezcan y multiplíquense”, nos dice Dios en el Génesis) y son parte importante junto con el diálogo y el manejo económico, para que un matrimonio sea estable, feliz y pueda ser generador de felicidad en su familia y el mundo.

Y dice que a los que no obren de esta forma, los va a juzgar… ¿quién?...

Si, Dios. Así que olvidémonos de andar juzgando si fulanita o zutanito ya se divorció, se separó, anda con otra u otro, si es homosexual, si tiene dos maridos o si cualquier otra cosa que nuestra imaginación o conocimiento alcance, para juzgar, rechazar o señalar. Dios se encargará del juicio y ninguno de nosotros sabe ni sabrá nunca juzgar como Dios juzga, porque Dios conoce el fondo de nuestros corazones y como nos dice el papa francisco: el Señor rechaza el pecado, pero no al pecador. Así que todas las personas pueden entrar al Cielo, los pecados no.

Todas estas son formas de perseverar en el amor fraterno; no se puede decir que ama si emite un juicio parcial sobre un hermano. ¡Mire usted nomás como le fue a Jesús en su juicio! Y es que como nos dice Santiago en el capítulo 2: (BLA95) Habrá juicio sin misericordia para quien no ha sido misericordioso, mientras que la misericordia no tiene miedo al juicio.

Finalmente, no tengamos apego al dinero, que a veces ese apego es causa de nuestra propia desgracia y cuando no lo es, seguramente es porque es la desgracia de otro más u otros muchos más (dependiendo de cuando dinero estemos hablando y cuanto apego, es decir, que estemos dispuestos a hacer con tal de no separarnos de él). Y ojo, el contentarnos con lo que tenemos no se refiere a conformismo, hay que buscar superarnos, pero esto no quiere decir quedarnos sin luchar por lo que podamos obtener, teniendo siempre presente las consecuencias de nuestros actos, ya que este es un elemento más dl amor fraterno en el que se nos aconseja perseverar.

Solo así podremos decir con toda confianza:

El Señor es mi ayuda, no tengo miedo; ¿qué podrá hacerme el hombre?

 

 

La paz de Dios sea contigo

 

Jorge Cervantes