Bautismo y unidad

 

Bautismo y unidad

Queridos hermanos:

En el calendario litúrgico, el fin del tiempo de Navidad y el inicio del tiempo ordinario, lo marca el bautismo del Señor. Es una fiesta importante, pues el que Jesús haya sido bautizado por Juan tiene muchas implicaciones teológicas sobre las que los estudiosos nos pueden llamar la atención, pero una consecuencia práctica de ese hecho es la institución del bautismo como sacramento y las repercusiones que tiene o puede tener en nuestra vida.

San Pablo resalta varias de ellas, pero hoy repasemos lo que escribe a los Efesios. Escuchemos:

 

(Efe 4, 1-6) Por eso yo, que estoy preso por la causa del Señor, les ruego que vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido, 2 siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. 3 Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz.

4 Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también fueron llamados a una sola esperanza; 5 un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; 6 un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y por medio de todos y en todos.

 

Llama la atención esta perícopa porque es un buen plan para iniciar el día: humildes, amables, pacientes y tolerantes en el amor, esforzándonos por mantener la unidad mediante la paz.

Porque hay un solo cuerpo, nos dice; un cuerpo del que puede formar parte cualquiera que se interese en ello. Este cuerpo es la Iglesia, según nos lo explica el mismo Pablo en la carta a los Corintios (C. 12).

Un solo Espíritu, puesto que todos estamos imbuidos del espíritu de Dios. Hay que recordar el libro del Génesis en el que Dios el SEÑOR formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente. Este pasaje no se refiere solo a la vida terrena, sino también a esa vida eterna a la cual tenemos derecho a diferencia de todo lo demás creado también por Dios, no por nuestros méritos, sino por su sola misericordia.

Por esto mismo, hemos sido también llamados a una sola esperanza, pues todos esperamos lo mismo, a saber: la muerte terrena para poder así nacer a la nueva vida, a la vida eterna.

Esto hace que busquemos todos estar en la misma sintonía, con una meta común, una única visión del mundo y de las cosas y una sola aspiración: llegar a este único Señor, que nos llama a través de una sola fe y que nos moviliza mediante un solo bautismo; a este Dios y Padre de todos, que está sobre todos y por medio de todos y en todos. Hasta aquí podemos asentir y decir que estamos de acuerdo, ¿no es verdad?

Mas como dice un viejo refrán popular: “Del dicho al hecho, hay mucho trecho”. No es lo mismo decir: “Si estamos de acuerdo” a quedarnos callados y tratar a todos de manera tal, que se note que verdaderamente estamos de acuerdo.

Y es aquí donde el sacramento del bautismo cobra importancia. Porque todos coincidimos en que el bautismo nos hace hijos adoptivos de Dios. Pero no para sentirnos que somos más que los demás (ora los no bautizados), sino para asumir la responsabilidad que esa condición de hijos lleva.

Si fuera por nosotros mismos, lejos de ser humildes, amables, pacientes, tolerantes y pacíficos, tenderíamos a lo opuesto: soberbios, detestables, impacientes, inflexibles y peleoneros.

El ser hijos de Dos nos debe hacer conscientes de que más que asentir, aún sea con mucho entusiasmo, más que decir, está el actuar.

¿De qué me servirá decir: “Creo en Jesús” si ni siquiera sé el nombre de mis vecinos? El bautismo me convierte en parte de una gran familia, puesto que somos todos hijos del mismo Padre. ¿Cómo es posible que no me sea e nombre de mis hermanos? Y digo, sé que no me tengo que saber el nombre del todo el mundo, pero, ¿y de los que están cerca? ¿de los que trato con frecuencia? En muchas ocasiones aprendo a distinguirlos y ya conozco al chaparrito, al flaco, al gordito, al bigotón, al muchacho ese sonriente que es muy amable… pero no se su nombre.

Habemos alguno que batallamos mucho para aprendernos nombres, pero se puede si le dedicamos tiempo. Aunque lo importante no está tanto en el nombre como en el trato que le damos a las personas.

El bautismo además de hacernos hijos de un mismo Padre, nos da la condición de sacerdotes, profetas y reyes.

Sacerdotes, porque tenemos la oportunidad de participar en el ofrecimiento del sacrificio de Cristo que se da en la misa, al menos, cada 8 días. ¿Y cuál es nuestra actitud? Nuestra actitud se deriva de nuestra fe y nuestro conocimiento. La misa es un acto litúrgico, con una buena carga de símbolos de pensamiento, palabra y acción, que no nos damos el tiempo de conocer y por ello a veces nuestra actitud no es la mejor para desempeñar este papel de sacerdocio; es más ni siquiera nos damos el tiempo para llegar antes de que inicie la celebración o nos vamos antes de que termine. ¡Bonito sacerdote que medio celebra la misa!

Profetas, no porque adivinemos el futuro y le andemos haciendo al síquico, sino porque tenemos la obligación de anunciar, de propagar, de corregir, de enseñar. Y no necesitamos andar recorriendo las plazas públicas, no; en nuestra casa, en nuestro trabajo, en nuestro centro de estudio, con los compañeros, sin gritar, sin enojarnos, solo siendo humildes, amables, pacientes, tolerantes, esforzándonos por mantener la unidad mediante la paz.

Finalmente reyes. ¡Achis, achis! Esa parte si me gusta matarile rile ron. Si ¿verdad? Porque nos imaginamos luego, luego la riqueza, el poder, el lujo… pero quien así piense es que anda como a tres cuadras del desfile y en sentido contrario. El ser rey nos lleva precisamente a lo contrario, a gobernar nuestros apetitos, nuestros desenfrenos, nuestro afán por el placer y el poder; o ¿no es ese el ejemplo que nos da el Rey de reyes que dejando toda su grandeza vino a encarnarse bajo la forma de una criatura suya? Entonces, ¿Qué esperamos para empezar a gobernar nuestras vidas?

Recuerda, cada día tienes, tengo, tenemos, la oportunidad de impregnar nuestra vida diaria, ordinaria, sin delirios de grandeza, de los efectos de nuestro bautismo, y buscar, mediante la paz, la unidad de todos los hombres, no figurando con los famosos y reconocidos, sino simplemente siendo humildes, amables, pacientes, y tolerantes en el amor.

 

 

La paz de Dios sea contigo

 

Jorge Cervantes