¿Necesitas ayuda?

 

¿Necesitas ayuda?

 

Queridos hermanos:

Constantemente encontramos respuestas o modelos de vida en la Sagrada Escritura, siempre y cuando estemos dispuestos a entenderlos.

Hoy es el libro del Éxodo el que nos llama la atención sobre un tema que parece olvidamos con frecuencia. Escuchemos:

 

(Exo 18, 13-17.20s.23-24) Al día siguiente, se sentó Moisés para decidir en los asuntos del pueblo; y el pueblo estuvo ante Moisés desde la mañana hasta la noche. 14 Al ver el suegro de Moisés todo los que éste hacía por el pueblo, le dijo:

«¿Qué es lo que haces con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo mientras todo el pueblo está ante ti desde la mañana hasta la noche?»

15 Contestó Moisés a su suegro:

«Es que el pueblo acude a mí para consultar a Dios. 16 Cuando tienen un pleito, vienen a mí y yo decido entre unos y otros, y les enseño los preceptos y las leyes de Dios.»

17 El suegro de Moisés le respondió:

«No está bien lo que estás haciendo. 20 Instrúyele en los preceptos y las leyes, enséñale el camino que debe seguir y las obras que ha de practicar. 21 Pero elige de entre el pueblo hombres capaces, temerosos de Dios, hombres honrados e incorruptibles, y ponlos al frente del pueblo como jefes de mil, de ciento, de cincuenta y de diez. 23 Si haces esto, Dios te comunicará sus órdenes, tú podrás resistir, y todo el pueblo podrá volver a su casa en paz.»

24 Moisés siguió el consejo de su suegro e hizo todo lo que le dijo.

 

Esto nos debe hacer pensar a aquellos que con frecuencia nos enrolamos en el servicio de una parroquia, de una comunidad, de una asociación o incluso dentro de un trabajo empresarial y llegamos al momento en que 24 horas no son suficientes para resolver todos nuestros “pendientes”.

Es un craso error pensar en que por estar en comunicación constante con Dios nos vamos a volver súper poderosos, luchadores incansables, que todo lo pueden y que no necesitamos, como dice el dicho, “vejigas para nadar”. ¡Aguas! ¡aguas con la soberbia! Si. Porque se trata de soberbia pensar que tengo una carga que llevar impuesta por Dios y que esa carga es estar, como lo estaba Moisés, 24 horas al servicio del pueblo, como dice el versículo 20, “instruyéndolo en los preceptos y las leyes, enseñándole el camino que debe seguir y las obras que ha de practicar”.

Todo conjunto de personas para poder pensar en llevar a cabo una obra común y querer que tenga éxito depende de la organización. Y aunque seguramente Jetró no le presentó un organigrama a Moisés, ni descripciones de puesto para cada representante, y mucho menos estándares de medición o indicadores del desempeño, como lo haríamos hoy en cualquier organización que se precie de tal, si debió de empezar por repartir la carga de trabajo.

Detengámonos un poco en Jetró. Hombre práctico y de pensamiento claro. El pueblo que salió de Egipto se empezó a multiplicar en el desierto, y 40 años en este hábitat es el medio de cultivo perfecto para pleitos y desavenencias, por lo cual el trabajo de Moises se dividía en dos: Resolver los pleitos entre vecinos e instrucción sobre Dios y la mejor forma para obedecerlo y llegar a la vida eterna. Lógica fundamental: entre más tiempo pasaba, más personas había y más complicada se hacía la forma de vida en común, en un ambiente de viento, arena y sol. A este pasó, serían necesarias más de 24 horas por día para atender o resolver al pueblo; eso sin contar con lo cansado del asunto. Aquellos que hemos trabajado con personas, sabemos que problemas graves cansan por el esfuerzo que implica buscar una solución, pero problemas simples agotan, por la paciencia requerida para solucionar y llevar la fiesta en paz. Y luego que el pueblo judío (como nosotros también) practicaban mucho nuestro deporte nacional: No, no el fútbol, sino el quejarnos: ¡Aaay, Moises no baja del monte! ¡Aaay, nos vamos a morir de sed! ¡Aaay, nos vamos a morir de hambre! ¡Aaay, ya no queremos maná, queremos comer carne! ¡Ay…!¡Ay…!¡Ay…!

Ahora miremos un poco a Moisés, quien recibe un consejo de su suegro. ¿Que no podría haberle contestado algo así como…?

“¿Que me dice suegrito? ¿Que necesito ayuda? ¿yoooo? ¿Más ayuda que la del Señor cuando me permitió partir el mar en dos para que cruzara el pueblo sin mojarse y escapara de sus enemigos? ¿a mí que me permitió sacar agua de la roca? No señor, no necesito ayuditas, con la ayudota con que ya cuento es más que suficiente.

Expuesto de ese modo, suena verdaderamente soberbio, ¿no es cierto? ¡Y cuantas veces esa es nuestra respuesta cuando alguien nos sugiere ayuda! El que el Señor escoja a cualquiera para hacer grandes obras, no quiere decir que ese alguien es el “papas fritas” o el consentido de Dios para toda la vida. El Señor constantemente nos recuerda que aparte de la ayuda que Él nos da para cualquier tarea, debemos ser conscientes de que nos necesitamos también unos a otros para lleva a cabo la gran tarea que nos ha encomendado: “que todos los hombres se salven”[1].

Es una tarea que nos atañe a todos y en la que todos debemos estar comprometidos. Posteriormente, Pedro entenderá esta necesidad y nombrará a 7 diáconos para, adivinen que: ¡Si! atender a las “quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana”[2].

Y no se trata de aferrarnos a una tarea u oficio e ir multiplicando actividades hasta desfallecer. Se trata de encontrar colaboradores que estén comprometidos por una causa común. Hasta en el mundo de la economía vemos esta necesidad. Una persona que pone un negocio y poco a poco, con mucho trabajo lo va haciendo crecer hasta convertirlo en una empresa multimillonaria. No sería esto posible sin colaboradores que vayan enfocados en la misma línea. La falta de esta visión de conjunto ha llevado al traste a todo tipo de organización humana. Por eso las dictaduras no prosperan ni traspasan a sus fundadores.

Así que, si eres de los que requieren días de 36 horas, de los que no enseñan a los demás a aprender tu oficio, de los que se adueñan de un ministerio, de los que piensan que nadie en el mundo puede hacer las cosas igual o mejor que tú, ¡aguas! Estás abusando de las capacidades que Dios te ha dado, porque dentro de ellas, está el buscar y encontrar personas comprometidas que le den seguimiento a una obra que no es tuya, es de Dios.

Dios mismo puso el ejemplo: ¿En verdad necesitaba la ayuda de los doce y de entre ellos, un traidor?

Soy Jorge Cervantes del Instituto Biblico San Jerónimo. Hasta la próxima.

 

Las falsas seguridades

 

Las falsas seguridades

Queridos hermanos:

A veces, las personas nos dejamos llevar por nuestra inmediata realidad y nos da por creer que podemos comernos el mundo a mordidas. Pasada la adolescencia esto es mucho más manifiesto cuando uno acaba de descubrir el mundo y poco a poco, a fuerza de tablazos y coscorrones, raspones y cortadas, nos vamos dando cuenta de que no es así, de que no lo podemos todo y que la gran mayoría de las cosas que nos suceden no dependen de nosotros, sino del medio social en el que nos ha tocado vivir.

Muchas culturas han dado cuenta de ello, y la cultura judía no en menor grado sino exactamente al revés, diría yo, porque no solo es una conclusión humana, sino una revelación divina.

Escuchemos esta reflexión del libro del Sirácide (eclesiástico):

 

(Sir 5, 1-10) No confíes en tus riquezas, ni digas. «Me basto a mí mismo». 2 No sigas tu instinto ni tu propia fuerza, para andar según las pasiones de tu corazón. 3 Y no digas. «¿Quién me dominará?», porque es seguro que el Señor hará justicia.

4 No digas. «He pecado, y ¿qué me ha sucedido? ¡El Señor es paciente!». 5 No estés tan seguro del perdón de modo que añadas pecado tras pecado. 6 No digas. «Su misericordia es grande; perdonará la multitud de mis pecados». 7 Porque suyas son la misericordia y la ira, y su furor recae sobre los pecadores. 8 No demores en convertirte al Señor, no lo dejes pasar de día en día, 9 pues la ira del Señor sobreviene de improviso, y en el tiempo del castigo puedes perecer.

10 No confíes en riquezas injustas, porque de nada te servirán en el día de la desgracia.

 

Que gran sabiduría para nuestro tiempo encierra el primer versículo: “me basto a mí mismo”. Una frase como esta justifica la apatía, la indiferencia, la falta de solidaridad y trae como consecuencia el desequilibrio que da origen a los diferentes grupos sociales, conocidos a través de la historia como castas, clases o estratificación social. Y para escalar esta estratificación, lo hacemos atendiendo solo nuestros propios intereses, pensando, ingenuamente, que podemos hacerlo atenidos a nuestras solas fuerzas. Hay personajes de la historia que nos dan ejemplo de ello, pero por cada uno de ellos, hay muchos más que se quedaron en el camino, y no alcanzaron la meta ya porque no les alcanzaron las fuerzas, ya porque fueron dejados en el camino por alguien que llegó más alto. Porque a final de cuentas, para llegar a la cima, hay que hacer caer a muchos que van escalando a nuestro lado o en nuestra misma dirección.

Nuestro Dios, a través del autor de este libro maravilloso nos hace hincapié en que no es el camino adecuado a seguir. Y continúa diciendo que tampoco conviene seguir (aunque podamos, esto es, tengamos la fuerza para hacerlo) nuestros impulsos para vivir de acuerdo a nuestras pasiones.

Conviene en este momento aprender un poco sobre lo que es una pasión.

El diccionario la define como la acción de padecer, y la pasión por antonomasia es la pasión de nuestro Señor Jesucristo, sin embargo, también la encontramos como una perturbación o afecto desordenado del ánimo por la inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona o por un apetito de algo o afición vehemente a ello. Viéndolo bien, el no poder satisfacer ese apetito vehemente de algo, nos hace sufrir al final de cuentas. ¡Y con ánimo de dejar de sufrir hacemos cada cosa!… igual nos puede llevar a una entrega desmedida al trabajo, al logro, al arte, que también a satisfacer lo más recónditos y oscuros deseaos de la concupiscencia. No estamos hablando de pasiones buenas o malas, el Sirácide solo nos dice que no ordenemos nuestra vida y utilicemos nuestra fuerza y posibilidades en que lo más importante sea nuestra pasión. Hay algo que nos debe hace pensar más en esto: Entre más apasionada es una persona a algo, va descuidando otros aspectos de su vida y lo más importante, a otras personas con las que comparte su vida. Su familia, sus amigos, sus compañeros…

Somos tan soberbios, que, porque hacemos lo que no debemos, cuando cometemos un pecado y no cae lluvia del cielo o un rayo que nos parta en dos, decimos: ¿Qué?, Acabo de pecar y no pasa nada. Bueno, pues aparte de soberbios necios. Hay un refrán popular que citaba mucho mi abuela y que reza así: “En el pecado llevas la penitencia”.

Me explico: “Me fumé un cigarro, ¿y qué? No me dio cáncer” “Es más, me lo fumé de marihuana, ¿y qué? No me pasó nada”. Me tomo una caguama, o dos litros de soda diario, o botanas enchiladas, ¿y qué? ¡No me duele el estómago!

No compa, la cirrosis, la colitis, la gastritis, el enfisema, no llegan en el día que te fumaste, bebiste o comiste lo que no debes, sino después, “en el día de la desgracia” dice la cita que acabamos de leer.

Por otro lado, es algo común tentar a Dios, pensando como Él es perfecto y yo no, como él es todo misericordia, pues al final perdonará mis pecados, sean los que sean, la cantidad que sea y de la gravedad que sean. ¿Pues si?, Pues no. Y no porque no pueda, ¿eh? Y hemos dicho que, aunque Dios es todo poderoso y todo misericordia, no puede perdonar los pecados de los que no haga un verdadero arrepentimiento y de los que busque dejar de cometer. Siendo así las cosas, mis pecados no serán perdonados no porque Dios no quiera, sino porque sigo regodeándome en ellos.

A esto nos invita el Señor hoy. A la conversión. Hoy, No dejándolo para mañana, un mañana que quizá no lleguemos a ver. Y ojo con el versículo 9: pues la ira del Señor sobreviene de improviso, y en el tiempo del castigo puedes perecer.

No estamos hablando del Dios castigador. Jesús nos ha mostrado que en el fondo de todo está el amor. Cuando éramos niños, la mamá o el papá nos castigaba. Solo con el tiempo aprendimos, que esos castigos fueron para entender que los actos humanos tienen consecuencias; en la niñez provocadas por los padres, en la vida adulta, en la vida diaria, provocadas por otras personas, pero la mayor parte de tiempo como consecuencia de nuestros propios actos como lo veíamos hace un momento con el fumar, comer o beber.

Finalmente, ojo con las riquezas injustas, porque no habrá a quien sobornar, y no habrá tiempo para disfrutarlas. Y recordemos que al hablar de riquezas no necesariamente hablamos de dinero.

 ¿Qué esperas? Vamos a trabajar por la conversión de cada quien. Y como estamos hablando del amor, tu conversión necesariamente te llevará a la conversión de los demás. El día de hoy dimos pequeños pasos, pero seguros. ¡Ánimo!

 

 

Consejos y mas consejos

 

Consejos y más consejos

 

Queridos hermanos:

El Señor no se cansa de dar consejos. Y los da a todos a través de su Palabra. Solo que hay algunas personas que no tienen acceso a la Biblia, ya sea porque nunca han podido adquirirla, nunca se lo han propuesto, o simplemente no les ha interesado; y hay quienes la desprecian sin ver que su contenido es útil para la vida cotidiana y nos ayuda no solo a llegar al Cielo cuando dejemos esta tierra, sino a tener una vida de mejor calidad, tranquila, sosegada y con alegría.

Veamos un ejemplo en la carta a los hebreos. Escuchemos:

 

(Heb 13, 1-6) Perseveren en el amor fraterno. 2 No olviden la hospitalidad, pues gracias a ella algunos hospedaron, sin saberlo, a ángeles. 3 Preocúpense de los presos, como si ustedes estuvieran prisioneros con ellos; preocúpense de los que sufren, porque ustedes también tienen un cuerpo. 4 Valoren mucho el matrimonio, y que su vida conyugal sea limpia, porque Dios juzgará a los libertinos y a los adúlteros.

5 No se apeguen al dinero; conténtense con lo que tienen, porque Dios mismo ha dicho: No te desampararé ni te abandonaré, 6 de suerte que podemos decir con toda confianza: El Señor es mi ayuda, no tengo miedo; ¿qué podrá hacerme el hombre?

 

La primera invitación va totalmente en contra de la mercadotecnia actual: El día de la madre, del padre, del abuelo, del biólogo, del músico, del maestro, de la enfermera, del médico y muchos más que poco nos invitan a la perseverancia en el amor fraterno. Festejamos, nos esmeramos en hacer pasar un día especial a alguien, pero nos olvidamos de ellos el resto del año.

En seguida nos aconseja ser hospitalarios. Quizá hoy día sea una de las cosas más difíciles de hacer, porque invitar a alguien a nuestra casa, o recibirlo si se ofrece hacerlo, es abrirle las puertas de nuestra intimidad. Hoy en tiempos de desconfianza, de abusos, de robos y de violencia, no a cualquiera le abrimos la puerta, no con cualquiera somos hospitalarios.

Y hasta donde nos lleva el Señor, que dice que el que abre su casa al que lo necesite, puede incluso estar hospedando ángeles sin saberlo. Esto me recuerda la obra de “Los Miserables” de Víctor Hugo en el que el obispo cuando hospeda a Jean Valjean, y este le roba, al atraparlo la policía al día siguiente con lo robado, el obispo en lugar de fincarle cargos, no solo no lo hace, sino que todavía le lleva lo que se le paso robar. El efecto que esto tuvo en el ladrón, le hizo comprender el amor de Dios. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a hacer lo mismo?

Luego viene la preocupación por los presos y aquí recuerdo la intervención de su santidad Francisco en la cárcel de Ciudad Juárez, cuando nos proponía reflexionar en cómo es que llegamos a edificar las cárceles, y nos dejó una pregunta lacerante: ¿Por qué estoy yo afuera y ustedes adentro? Quizá por muchas cosas que he hecho (pero no me han “cachado”) merecería estar en la cárcel también. Y quizá por cosas que no he hecho o he dejado de hacer.

Al hablar de los que sufren, se refiere principalmente a los que tienen alguna dolencia física: ya sea que están enfermos, o que no tienen lo suficiente para comer, para vestirse, dónde vivir. El hecho de recordar que tenemos un cuerpo que puede sufrir también, nos debe llevar a pensar en aquellos que comen y se quedan con hambre, se visten, pero se quedan con frío, están enfermos y no les alcanza para medicinas o tratamientos médicos. Y a veces, nosotros tiramos comida o permitimos que se eche a perder; tiramos ropa porque “ya no me queda” o “ya no me gusta” o no la tiramos, pero tiene más de tres años que no la uso. Me puedo dar el lujo de darme un “masaje” con agua caliente en la regadora, sin pensar en aquellos que reciben el agua en tambos y a veces ni la reciben. Me ha tocado ver en baños públicos que mientras las personas se enjabonan, tienen el chorro del agua abierto, sin pensar en lo que este desperdicio representa. Cuidado, en nuestra próxima confesión no se nos olvide acusarnos del pecado de “es que no pensé”.

Bellamente el autor de esta carta nos invita a “VALORAR” el matrimonio y a mantenerlo limpio, a mantener la pureza de las relaciones conyugales, ya que los que no lo hagan serán juzgados por Dios.

Digo bellamente porque contrariamente a lo que alguien pudiera pensar, las relaciones conyugales, son dignas y puras, pues han sido dadas por Dios (“crezcan y multiplíquense”, nos dice Dios en el Génesis) y son parte importante junto con el diálogo y el manejo económico, para que un matrimonio sea estable, feliz y pueda ser generador de felicidad en su familia y el mundo.

Y dice que a los que no obren de esta forma, los va a juzgar… ¿quién?...

Si, Dios. Así que olvidémonos de andar juzgando si fulanita o zutanito ya se divorció, se separó, anda con otra u otro, si es homosexual, si tiene dos maridos o si cualquier otra cosa que nuestra imaginación o conocimiento alcance, para juzgar, rechazar o señalar. Dios se encargará del juicio y ninguno de nosotros sabe ni sabrá nunca juzgar como Dios juzga, porque Dios conoce el fondo de nuestros corazones y como nos dice el papa francisco: el Señor rechaza el pecado, pero no al pecador. Así que todas las personas pueden entrar al Cielo, los pecados no.

Todas estas son formas de perseverar en el amor fraterno; no se puede decir que ama si emite un juicio parcial sobre un hermano. ¡Mire usted nomás como le fue a Jesús en su juicio! Y es que como nos dice Santiago en el capítulo 2: (BLA95) Habrá juicio sin misericordia para quien no ha sido misericordioso, mientras que la misericordia no tiene miedo al juicio.

Finalmente, no tengamos apego al dinero, que a veces ese apego es causa de nuestra propia desgracia y cuando no lo es, seguramente es porque es la desgracia de otro más u otros muchos más (dependiendo de cuando dinero estemos hablando y cuanto apego, es decir, que estemos dispuestos a hacer con tal de no separarnos de él). Y ojo, el contentarnos con lo que tenemos no se refiere a conformismo, hay que buscar superarnos, pero esto no quiere decir quedarnos sin luchar por lo que podamos obtener, teniendo siempre presente las consecuencias de nuestros actos, ya que este es un elemento más dl amor fraterno en el que se nos aconseja perseverar.

Solo así podremos decir con toda confianza:

El Señor es mi ayuda, no tengo miedo; ¿qué podrá hacerme el hombre?

 

 

La paz de Dios sea contigo

 

Jorge Cervantes

El amor y la iglesia

 

El amor y la Iglesia

 

Queridos hermanos:

Con relativa frecuencia me encuentro con personas que dicen no estar de acuerdo con la Iglesia, pero que conocen, aman y respetan a Jesús.

Esto, como nos lo enseñan nuestros obispos, no es posible. Concretamente lo indica Pablo VI en su exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi: “En verdad, es conveniente recordar esto en un momento como el actual, en que no sin dolor podemos encontrar personas, que queremos juzgar bien intencionadas pero que en realidad están desorientadas en su espíritu, las cuales van repitiendo que su aspiración es amar a Cristo pero sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia. Lo absurdo de esta dicotomía se muestra con toda claridad en estas palabras del Evangelio: "el que a vosotros desecha, a mí me desecha" (44). ¿Cómo va a ser posible amar a Cristo sin amar a la Iglesia, siendo así que el más hermoso testimonio dado en favor de Cristo es el de San Pablo: "amó a la Iglesia y se entregó por ella"?[1]

Sin embargo, entiendo el malestar de las personas por “cumplir” los requisitos que la Iglesia ha ido estructurando a través de su historia.

Esto ha sido una espada de doble filo, porque dichas normas o requisitos, como lo entienden muchas personas, son necesarios, como en toda organización humana, pero nos pueden llevar al “normismo” que bien podemos recordar y reconocer en los fariseos del tiempo de Jesús.

Recordemos también que nuestra fe está fundamentada en tres grandes pilares: La Sagrada Escritura o Biblia, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. La Tradición es origen de buena parte de las otras dos, ya que para que la Biblia se pudiera escribir, primero se realizaron acciones, sucesos, hechos, que se fueron transmitiendo de persona a persona mucho antes de que quedaran consignadas por escrito.  Luego pues, vino la Escritura y posteriormente el Magisterio, que se ha encargado de orientar a los fieles cuidando, como fiel depositaria de nuestra fe, que no nos descarriemos o agarremos p’al monte.

Más no debemos de olvidar cual es el origen de todo esto: el amor. Si, el amor de Dios por sus creaturas. Escuchemos un fragmento del salmo 103:

 

(Sal 103,13-18): 13 Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura por quienes lo respetan. 14 Él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos polvo. 15 Los días del hombre son como la hierba: florecen como la flor del campo, 16 pero apenas la roza el viento, deja de existir y nadie la vuelve a ver en su sitio.

17 En cambio el amor del Señor por quienes lo respetan dura eternamente y su salvación alcanza a hijos y nietos, 18 a todos los que guardan su alianza y se acuerdan de cumplir sus mandamientos.

 

El Señor nos ama entrañablemente; me encanta esta palabra, que aparece también en el cántico de Zacarías: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios…[2]”, porque describe muy gráficamente un amor que viene de adentro, desde lo profundo del ser. Ese amor desde las entrañas nos ayuda a entender la ternura que siente un padre o una madre por sus hijos. Sin embargo, aunque podemos sentir este amor, el Señor sabe que no somos capaces de amar como nos ama Él; que somos como hierba del campo que un día está y al otro ya no y ni quien se acuerde.  Si, si, se acordarán de ti tus hijos, muchos de tus nietos, alguno que otro bisnieto si llegaron a conocerte, y algún perdido tataranieto al que le platicaron mucho de ti, y de ahí en adelante, nanay. Pero el Señor no te olvida; no porque sea Dios, o porque tenga una memoria formidable, sino porque te tiene cerca, te está mirando, te está amando.

El amor de Dios, la salvación de Dios alcanza para todos los que cumplan sus mandamientos. Y aquí es donde a veces parece que la puerca tuerce el rabo.

Me dijo una vez una muchacha: “Dios no puede ser tan exclusivo que diga que los que cumplen los 2 mandamientos que nos dejó Jesús se salvan y los demás hacen mutis por la izquierda para vacaciones eternas en el infierno.” 

Ciertamente el Señor no es exclusivista. Trataré de explicarlo: No se va a la Iglesia para llegar a Jesus, el asunto es al revés: Se tiene la experiencia de Jesús, se tiene el encuentro con Él y por consecuencia, se “conecta” por así decirlo a la Iglesia.

Cuando uno tiene ese encuentro con Cristo, lo conoce, lo descubre, uno quiere seguir sus pasos, ser parte de esa buena nueva, de esa liberación de los oprimidos, de ese consuelo para los afligidos, de esa vista de los ciegos, de ese amor grande y entrañable. Y es ahí donde descubro y entiendo que este amor no es individual, sino colectivo y que no se puede dejar a los demás a un lado.

El Magisterio nos orienta, nos explica, nos ayuda a entender y conocer a Dios; el magisterio está al servicio del mensaje original. No es que tenga que tomar pláticas para poder bautizar, es que debo amar tanto como para conocer y estar consciente de lo que el bautismo significa. En la Iglesia no debería haber pláticas obligatorias, los templos deberían de estar abarrotados de personas que quieren conocer a Jesús y recibirlo a través de los sacramentos y estar en contacto con Él a través de la Liturgia.

No es que Dios necesite que lo conozcamos para amarnos, somos nosotros los que necesitamos conocerlo para poder amarlo. La Iglesia no es un requisito para llegar a Dios. Por ello hay una enorme cantidad de almas en el cielo que no oyeron hablar de Jesús, ni de Iglesia, ni de Dios.

Se puede cumplir lo que Dios nos pide aún fuera de la Iglesia: amar. Por eso podemos estar seguros de que en el Cielo hay judíos, musulmanes, budistas, cristianos de todas las denominaciones o personas sin religión; para entrar por las puertas del Cielo, amaron, cumplieron su misión, en su momento, con sus capacidades, con sus posibilidades; y todos guardaron la alianza y cumplieron los mandamientos.

“Ah” – me dirás – “entonces no necesito ir a la Iglesia”.

Para llegar a Dios no; pero para frecuentarlo, conocerlo, amarlo y guardar la alianza, sí. No es una necesidad como requisito, sino como la necesidad de beber agua. Si no lo haces te mueres. La Iglesia es el lugar en donde puedes plasmar el amor de Dios, donde puedes practicar la misericordia, donde puedes aprender, donde puedes experimentar. Es el camino que Él nos dejó. No el único, pero si el mejor. Y si naciste dentro de ella, ¿Qué andas buscando fuera?

Por tanto, es bueno preguntarnos:

¿Necesito ir a la Iglesia?

 

 

La paz de Dios sea con ustedes

 

Jorge Cervantes

                                       Pagina oficial Diócesis de Ciudad Juárez                                             ACI Prensa